A lo largo de mi trayectoria profesional he tenido la oportunidad de contemplar el conocimiento desde perspectivas diferentes: como docente, desde la universidad y, actualmente, desde la dirección de un hospital. Esa experiencia me ha llevado a una convicción profunda: el conocimiento solo alcanza todo su valor cuando es capaz de transformar la vida de las personas.
Por eso, cuando hablamos de biotecnología y bioinformática, no pienso únicamente en laboratorios, secuencias genéticas, algoritmos o grandes cantidades de datos. Pienso en una enfermedad que podrá diagnosticarse antes, en un tratamiento adaptado a las características de cada paciente, en una familia que podrá conocer y prevenir determinados riesgos y en unos profesionales sanitarios que dispondrán de mejores herramientas para tomar decisiones.
Pienso también en nuestros jóvenes. En quienes hoy se están formando para desarrollar profesiones que quizá todavía no conocemos. En investigadores con ideas extraordinarias que necesitan oportunidades para convertirlas en proyectos. Y en el enorme potencial que supondría que todos ellos pudieran construir su futuro profesional y personal en Aragón.
La biotecnología y la bioinformática ya están transformando nuestra manera de comprender la salud, desarrollar tratamientos, producir alimentos o avanzar hacia modelos más sostenibles. No hablamos de un horizonte lejano. Esta transformación está sucediendo ahora y nos obliga a decidir qué papel queremos desempeñar en ella.
Estoy convencida de que Aragón tiene una oportunidad extraordinaria, pero las oportunidades no se convierten por sí solas en progreso.
Nuestra Comunidad cuenta con universidades, centros de investigación, grupos científicos de prestigio, instituciones sanitarias, empresas innovadoras y profesionales altamente cualificados. Disponemos de conocimiento, talento y capacidad tecnológica. Sin embargo, también he aprendido que tener talento no es suficiente si no somos capaces de conectarlo.
He vivido la universidad como profesora, gestora y rectora. Hoy vivo la sanidad desde la responsabilidad de dirigir un hospital. Son ámbitos diferentes, pero profundamente vinculados.
En la universidad se genera y transmite conocimiento y se forman los profesionales del futuro. En el hospital, ese conocimiento se encuentra con la realidad concreta de las personas, con su enfermedad, su fragilidad, sus expectativas y sus necesidades. Cuando ambos mundos dialogan, cuando la investigación comprende los retos asistenciales y la sanidad incorpora la mirada científica, aparecen oportunidades capaces de transformar verdaderamente la sociedad.
Por eso creo que el principal desafío de Aragón no consiste únicamente en investigar más, sino en conectar mejor.
Conectar la universidad con la empresa. La investigación con la práctica clínica. La ciencia con la inversión. La tecnología con las necesidades sociales. Y, sobre todo, conectar a quienes identifican los problemas con quienes pueden contribuir a resolverlos.
Las grandes transformaciones rara vez nacen dentro de una sola organización o de una única disciplina. Surgen cuando somos capaces de superar fronteras, compartir conocimiento y trabajar alrededor de un propósito común. La bioinformática representa muy bien esta nueva manera de avanzar, porque integra biología, medicina, informática, matemáticas, estadística, inteligencia artificial y análisis de datos.
Los grandes desafíos no entienden de compartimentos estancos. Afrontarlos exige construir puentes, y construir puentes requiere liderazgo, confianza y generosidad.
Formar profesionales con conocimiento y criterio
Esta transformación interpela directamente a la universidad. Educar ya no puede consistir únicamente en transmitir contenidos o preparar a las personas para ejercer profesiones conocidas. Significa ayudarlas a desarrollar criterio propio, pensamiento crítico y capacidad para aprender de manera permanente.
Necesitamos profesionales con una formación científica y tecnológica excelente, capaces de interpretar datos, trabajar con disciplinas diferentes y tomar decisiones en entornos de incertidumbre. Pero necesitamos también personas comprometidas con las consecuencias humanas y sociales de esas decisiones.
Porque detrás de cada dato biológico existe una persona y detrás de cada secuencia genética hay una historia.
Cuanto mayor sea nuestra capacidad tecnológica, mayor deberá ser nuestra responsabilidad. La privacidad de los datos, la protección de la información genética, los posibles sesgos de los algoritmos, la transparencia y el acceso equitativo a los avances científicos no son cuestiones secundarias.
No todo lo técnicamente posible es necesariamente justo, conveniente o humano.0
La universidad no debe formar únicamente profesionales capaces de utilizar la tecnología. Debe formar personas con criterio para decidir cómo, cuándo, para qué y al servicio de quién debe utilizarse.
Innovar también significa cuidar
Los hospitales y las organizaciones sanitarias debemos asumir igualmente un papel activo. No podemos ser meros receptores de tecnologías desarrolladas lejos de la realidad asistencial. Debemos participar en la identificación de necesidades, la investigación, la validación de soluciones y la evaluación de sus resultados.
Los profesionales sanitarios conocen las preguntas que verdaderamente importan. Saben dónde se encuentran las dificultades, qué procesos pueden mejorar y qué necesitan los pacientes y sus familias. Incorporar su experiencia desde el inicio resulta imprescindible para evitar soluciones técnicamente brillantes, pero poco útiles en la práctica.
La bioinformática puede ayudarnos a anticipar riesgos, detectar enfermedades precozmente, personalizar tratamientos, impulsar la investigación y utilizar mejor los recursos disponibles. Puede ofrecernos respuestas que hoy todavía no tenemos.
Sin embargo, hay algo que ninguna tecnología podrá sustituir: la capacidad de mirar, escuchar, acompañar y cuidar.
Lo compruebo cada día en el hospital. Los datos pueden ayudarnos a conocer mejor una enfermedad, pero nunca explicarán por completo la realidad de una persona, sus miedos, su historia, sus circunstancias o sus deseos.
Por eso defiendo una innovación con propósito, capaz de combinar la precisión de la ciencia con la humanidad del cuidado. Una innovación que nos ayude a ser más eficaces, pero también más cercanos. Que avance con ambición, pero sin dejar a nadie atrás.
Convertir nuestras fortalezas en resultados
Aragón no parte de cero. Contamos con capacidades valiosas y con personas extraordinarias. Nuestro mayor riesgo es que esas fortalezas permanezcan dispersas, que cada institución avance por su cuenta o que las buenas ideas no encuentren el apoyo necesario para convertirse en proyectos sostenibles.
Debemos apostar decididamente por el talento: formarlo, atraerlo, acompañarlo y ofrecerle oportunidades reales de desarrollo. No podemos resignarnos a preparar profesionales excelentes para que tengan que buscar fuera las oportunidades que no hemos sabido generar aquí.
También debemos facilitar que el conocimiento salga de los laboratorios, llegue a los hospitales y a las empresas y se transforme en soluciones accesibles para la sociedad. Emprender desde la ciencia continúa siendo un camino complejo. Quien intenta convertir una investigación en un proyecto empresarial necesita financiación, acompañamiento, seguridad y estructuras capaces de comprender los tiempos y los riesgos de la innovación.
Necesitamos alianzas estables entre universidades, centros de investigación, hospitales, empresas, inversores y administraciones. No basta con encontrarnos ocasionalmente. Debemos compartir objetivos, asumir compromisos y evaluar resultados.
Y necesitamos una gobernanza ética de los datos. La confianza será uno de los principales activos de esta transformación. No podemos pedir a las personas que compartan información especialmente sensible si no somos capaces de garantizar transparencia, seguridad y un uso responsable.
Liderar es asumir la responsabilidad
He aprendido que liderar no significa tener todas las respuestas. Significa formular las preguntas adecuadas, reunir a las personas necesarias y crear las condiciones para que puedan ofrecer lo mejor de sí mismas.
Liderar también es priorizar, tomar decisiones y asumir riesgos. Es mantener una visión a largo plazo, incluso cuando las urgencias cotidianas amenazan con ocuparlo todo. Y es comprender que la innovación no es solamente una cuestión científica o tecnológica. Es también una transformación cultural, organizativa y profundamente humana.
Creo en las posibilidades de Aragón. Creo en nuestras universidades, en nuestros investigadores, en nuestros profesionales sanitarios, en nuestro tejido empresarial y en el talento de tantas mujeres que lideran proyectos, equipos y organizaciones esenciales para nuestra Comunidad.
Pero creer en nuestras posibilidades también significa ser exigentes con nosotros mismos.
No deberíamos medir el éxito únicamente por el número de investigaciones publicadas, proyectos financiados o empresas creadas. El verdadero resultado será comprobar que somos capaces de mejorar la salud, generar empleo cualificado, retener talento, reducir desigualdades y ofrecer un horizonte de futuro a las nuevas generaciones.
Aragón no puede limitarse a observar cómo llega el futuro. Debe atreverse a construirlo.
Debemos hacerlo desde la colaboración, la responsabilidad y un propósito compartido. Porque el progreso no consiste únicamente en descubrir todo lo que podemos hacer con la ciencia. Consiste, sobre todo, en decidir juntos para quién y para qué queremos hacerlo.
Berta Sáez Gutiérrez
Miembro de Directivas de Aragón
Directora Gerente del Hospital San Juan de Dios de Zaragoza y antigua rectora de la Universidad San Jorge




